Homilía del
Santo Padre en la celebración eucarística, dedicada al tema de la
evangelización de los pueblos, en el Parque del Bicentenario de Quito.
La palabra
de Dios nos invita a vivir la unidad para que el mundo crea.
Me imagino
ese susurro de Jesús en la última Cena como un grito en esta misa que
celebramos en «El Parque del Bicentenario». Imaginémoslo juntos. El Bicentenario
de aquel Grito de Independencia de Hispanoamérica. Ése fue un grito, nacido
de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos y
saqueados, «sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de
turno» (Evangelii gaudium, 213).
Quisiera
que hoy los dos gritos concorden bajo el hermoso desafío de la
evangelización. No desde palabras altisonantes, ni con términos complicados,
sino que nazca de «la alegría del Evangelio», que «llena el corazón y la vida
entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son
liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (Evangelii
gaudium 1), de la conciencia aislada. Nosotros, aquí reunidos, todos
juntos alrededor de la mesa con Jesús somos un grito, un clamor nacido de la
convicción que su presencia nos impulsa a la unidad, «señala un horizonte
bello, ofrece un banquete deseable» (Evangelii gaudium 14).
Continúa
Continúa
