UNA NUEVA PRIMAVERA ESPIRITUAL


«Si se promueve la lectio divina con eficacia, estoy convencido de que producirá una nueva primavera espiritual en la Iglesia… La lectura asidua de la Sagrada Escritura acompañada por la oración permite ese íntimo diálogo en el que, a través de la lectura, se escucha a Dios que habla, y a través de la oración, se le responde con una confiada apertura del corazón… No hay que olvidar nunca que la Palabra de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino»

Benedicto XVI, 16 septiembre 2005


HISTORIA Y PASOS DE LA LECTIO DIVINA




INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO





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martes, 20 de septiembre de 2016

Lectio Divina: Miércoles, 21 de septiembre, 2016: Evangelio según san Mateo 9,9-13. (- 25ª Semana del Tiempo durante el Año - Ciclo C -)



Lectio Divina: 
Miércoles, 21 Septiembre, 2016
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.
2) Lectura del Evangelio
Del Evangelio según Mateo 9,9-13
Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
Palabra del Señor
3) Reflexión
• El Sermón de la Montaña ocupa los capítulos de 5 a 7 del Evangelio de Mateo. La parte narrativa de los capítulos 8 y 9 tiene como finalidad mostrar cómo Jesús practicaba lo que acababa de enseñar. En el Sermón de la Montaña Jesús enseñó la acogida (Mt 5,23-25.38-42.43). Ahora, él mismo la practica al acoger a leprosos (Mt 8,1-4), extranjeros (Mt 8,5-13), mujeres (Mt 8,14-15), enfermos (Mt 8,16-17), endemoniados (Mt 8,28-34), paralíticos (Mt 9,1-8), publicanos (Mt 9,9-13), personas impuras (Mt 9,20-22), etc. Jesús rompe con las normas y costumbres que excluían y dividían a las personas, esto es, el miedo y la falta de fe (Mt 8,23-27) y las leyes de pureza (9,14-17), e indica claramente cuáles son las exigencias de quienes quieren seguirle. Tienen que tener el valor de abandonar muchas cosas (Mt 8,18-22). Así, en las actitudes y en la práctica de Jesús, aparece en qué consiste el Reino y la observancia perfecta de la Ley de Jesús.
• Mateo 9,9: El llamado para seguir a Jesús. Las primeras personas llamadas a seguir a Jesús fueron cuatro pescadores, todos judíos (Mt 4,18-22). Ahora Jesús llama a un publicano, considerado pecador y tratado como impuro por las comunidades más observantes de los fariseos. En los demás evangelios, este publicano se llama Leví. Aquí su nombre es Mateo, que significa don de Dios o dado por Dios. Las comunidades, en vez de excluir al publicano como impuro, deben considerarlo como un Don de Dios para la comunidad, pues su presencia hace que la comunidad se vuelva ¡señal de salvación para todos! Como los primeros cuatro llamados, así el publicano Mateo deja todo lo que tiene y sigue a Jesús. El seguimiento de Jesús exige ruptura. Mateo deja su despacho de impuestos, su fuente de renta, y sigue a Jesús.
• Mateo 9,10: Jesús se sienta en la mesa con los pecadores y los publicanos. En aquel tiempo, los judíos vivían separados de los paganos y de los pecadores y no comían con ellos en la misma mesa. Los judíos cristianos tenían que romper este aislamiento y crear comunión con los paganos e impuros. Fue esto lo que Jesús enseñó en el Sermón de la Montaña, como expresión del amor universal de Dios Padre (Mt 5,44-48). La misión de las comunidades era ofrecer un lugar a los que no tenían lugar. En algunas comunidades, las personas venidas del paganismo, aún siendo cristianas, no eran aceptadas en la misma mesa (cf. Hec 10,28; 11,3; Gal 2,12). El texto del evangelio de hoy indica cómo Jesús comía con publicanos y pecadores en la misma casa y en la misma mesa.
• Mateo 9,11: La pregunta de los fariseos. A los judíos estaba prohibido sentarse en la mesa con publicanos y paganos, pero Jesús no presta atención a esto, por el contrario, confraterniza con ellos. Los fariseos, viendo la actitud de Jesús, preguntan a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?" Esta pregunta puede ser interpretada como expresión del deseo de éstos, que quieren saber porqué Jesús actúa así. Otros interpretan la pregunta como una crítica de los comportamientos de Jesús, pues durante más de quinientos años, desde el tiempo del cautiverio en Babilonia hasta la época de Jesús, los judíos habían observado las leyes de pureza. Esta observancia secular se volvió para ellos una fuerte señal de identidad. Al mismo tiempo, era factor de su separación en medio de los otros pueblos. Así, por las causas de las leyes de pureza, no podían ni conseguían sentarse en la mesa para comer con los paganos. Comer con los paganos significaba volverse impuro Los preceptos de la pureza eran rigurosamente observados, tanto en Palestina como en las comunidades judaicas de la Diáspora. En la época de Jesús, había más de quinientos preceptos para guardar la pureza. En los años setenta, época en que Mateo escribe, este conflicto era muy actual.
• Mateo 9,12-13: Misericordia quiero y no sacrificios. Jesús oye la pregunta de los fariseos a los discípulos y responde con dos aclaraciones. La primera está sacada del sentido común: "No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal”. La otra está sacada de la Biblia: “Aprendan, pues, lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”. Por medio de estas dos aclaraciones Jesús explicita y aclara su misión junto con la gente: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". Jesús niega la crítica de los fariseos, y no acepta sus argumentos, pues nacían de una falsa idea de la Ley de Dios. El mismo invoca la Biblia: "¡Misericordia quiero y no sacrificio!" Para Jesús la misericordia es más importante que la pureza legal. Apela a la tradición profética para decir que para Dios la misericordia vale más que todos los sacrificios (Os 6,6; Is 1,10-17). Dios tiene entrañas de misericordia, que se conmueven ante las faltas de su pueblo (Os 11,8-9).
4) Para la reflexión personal
• Hoy, en nuestra sociedad, ¿quién es marginado y quién es excluido? ¿Por qué? En nuestra comunidad ¿tenemos ideas preconcebidas? ¿Cuáles? ¿Cuál es el desafío que las palabras de Jesús plantean a nuestra comunidad, hoy?
• Jesús ordena al pueblo que lea y que entienda el Antiguo Testamento que dice: "Misericordia quiero y no sacrificios". ¿Qué quiere decir con esto Jesús, hoy?
5) Oración final
Señor, dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón;
los que, sin cometer iniquidad,
andan por sus caminos. (Sal 119,2-3)

lunes, 21 de septiembre de 2015

Lectio Divina: Lunes, 21 de Septiembre, 2015: Evangelio según san Mateo 9,9-13. (San Mateo Apóstol y Evangelista - 25ª Semana del Tiempo durante el Año - Ciclo B -)



Lectio Divina: 
 
Lunes, 21 Septiembre, 2015
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.
2) Lectura del Evangelio
Del Evangelio según Mateo 9,9-13
Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
Palabra del Señor
3) Reflexión
• El Sermón de la Montaña ocupa los capítulos de 5 a 7 del Evangelio de Mateo. La parte narrativa de los capítulos 8 y 9 tiene como finalidad mostrar cómo Jesús practicaba lo que acababa de enseñar. En el Sermón de la Montaña Jesús enseñó la acogida (Mt 5,23-25.38-42.43). Ahora, él mismo la practica al acoger a leprosos (Mt 8,1-4), extranjeros (Mt 8,5-13), mujeres (Mt 8,14-15), enfermos (Mt 8,16-17), endemoniados (Mt 8,28-34), paralíticos (Mt 9,1-8), publicanos (Mt 9,9-13), personas impuras (Mt 9,20-22), etc. Jesús rompe con las normas y costumbres que excluían y dividían a las personas, esto es, el miedo y la falta de fe (Mt 8,23-27) y las leyes de pureza (9,14-17), e indica claramente cuáles son las exigencias de quienes quieren seguirle. Tienen que tener el valor de abandonar muchas cosas (Mt 8,18-22). Así, en las actitudes y en la práctica de Jesús, aparece en qué consisten el Reino y la observancia perfecta de la Ley de Jesús.
• Mateo 9,9: El llamado para seguir a Jesús. Las primeras personas llamadas a seguir a Jesús fueron cuatro pescadores, todos judíos (Mt 4,18-22). Ahora Jesús llama a un publicano, considerado pecador y tratado como impuro por las comunidades más observantes de los fariseos. En los demás evangelios, este publicano se llama Leví. Aquí su nombre es Mateo, que significa don de Dios o dado por Dios. Las comunidades, en vez de excluir al publicano como impuro, deben considerarlo como un Don de Dios para la comunidad, pues su presencia hace que la comunidad se vuelva ¡señal de salvación para todos! Como los primeros cuatro llamados, así el publicano Mateo deja todo lo que tiene y sigue a Jesús. El seguimiento de Jesús exige ruptura. Mateo deja su despacho de impuestos, su fuente de renta, y sigue a Jesús.
• Mateo 9,10: Jesús se sienta en la mesa con los pecadores y los publicanos. En aquel tiempo, los judíos vivían separados de los paganos y de los pecadores y no comían con ellos en la misma mesa. Los judíos cristianos tenían que romper este aislamiento y crear comunión con los paganos e impuros. Fue esto lo que Jesús enseñó en el Sermón de la Montaña, como expresión del amor universal de Dios Padre (Mt 5,44-48). La misión de las comunidades era ofrecer un lugar a los que no tenían lugar. En algunas comunidades, las personas venidas del paganismo, aún siendo cristianas, no eran aceptadas en la misma mesa (cf. Hec 10,28; 11,3; Gal 2,12). El texto del evangelio de hoy indica cómo Jesús comía con publicanos y pecadores en la misma casa y en la misma mesa.
• Mateo 9,11: La pregunta de los fariseos. A los judíos estaba prohibido sentarse en la mesa con publicanos y paganos, pero Jesús no presta atención a esto, por el contrario, confraterniza con ellos. Los fariseos, viendo la actitud de Jesús, preguntan a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?" Esta pregunta puede ser interpretada como expresión del deseo de éstos, que quieren saber porqué Jesús actúa así. Otros interpretan la pregunta como una crítica de los comportamientos de Jesús, pues durante más de quinientos años, desde el tiempo del cautiverio en Babilonia hasta la época de Jesús, los judíos habían observado las leyes de pureza. Esta observancia secular se volvió para ellos una fuerte señal de identidad. Al mismo tiempo, era factor de su separación en medio de los otros pueblos. Así, por las causas de las leyes de pureza, no podían ni conseguían sentarse en la mesa para comer con los paganos. Comer con los paganos significaba volverse impuro Los preceptos de la pureza eran rigurosamente observados, tanto en Palestina como en las comunidades judaicas de la Diáspora. En la época de Jesús, había más de quinientos preceptos para guardar la pureza. En los años setenta, época en que Mateo escribe, este conflicto era muy actual.
• Mateo 9,12-13: Misericordia quiero y no sacrificios. Jesús oye la pregunta de los fariseos a los discípulos y responde con dos aclaraciones. La primera está sacada del sentido común: "No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal”. La otra está sacada de la Biblia: “Aprendan, pues, lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”. Por medio de estas dos aclaraciones Jesús explicita y aclara su misión junto con la gente: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". Jesús niega la crítica de los fariseos, y no acepta sus argumentos, pues nacían de una falsa idea de la Ley de Dios. El mismo invoca la Biblia: "¡Misericordia quiero y no sacrificio!" Para Jesús la misericordia es más importante que la pureza legal. Apela a la tradición profética para decir que para Dios la misericordia vale más que todos los sacrificios (Os 6,6; Is 1,10-17). Dios tiene entrañas de misericordia, que se conmueven ante las faltas de su pueblo (Os 11,8-9).
4) Para la reflexión personal
• Hoy, en nuestra sociedad, ¿quién es marginado y quién es excluido? ¿Por qué? En nuestra comunidad ¿tenemos ideas preconcebidas? ¿Cuáles? ¿Cuál es el desafío que las palabras de Jesús plantean a nuestra comunidad, hoy?
• Jesús ordena al pueblo que lea y que entienda el Antiguo Testamento que dice: "Misericordia quiero y no sacrificios". ¿Qué quiere decir con esto Jesús, hoy?
5) Oración final
Señor, dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón;
los que, sin cometer iniquidad,
andan por sus caminos. (Sal 119,2-3)

domingo, 21 de septiembre de 2014

Lectio Divina: Domingo, 21 de Septiembre, 2014: Evangelio según San Mateo 20,1-16. : (Domingo de la 25ª Semana del Tiempo Ordinario - Ciclo A -)


Lectio Divina: 
  Domingo, 21 Septiembre, 2014 
Parábola de los obreros enviados a la viña

La gratuidad absoluta del amor de Dios


1. ORACIÓN INICIAL

¡Oh, Padre! Tu Hijo Jesús, que tú nos has dado, es nuestro reino, nuestra riqueza, nuestro cielo; Él es el dueño de la casa y de la tierra donde vivimos y sale continuamente a buscarnos, porque desea llamarnos, pronunciar nuestro nombre, ofrecernos su amor infinito. No podremos nunca pagarle, ni devolver la sobreabundancia de su compasión y misericordia por nosotros: podemos sólo decirle nuestro sí, el nuestro: “Aquí estoy” o repetirle con Isaías: “¡Señor, aquí estoy, envíame!” Haz que esta palabra entre en mi corazón, en mis ojos, en mis oídos y me cambie, me transforme, según este amor sorprendente, incomprensible que Jesús me está ofreciendo, también hoy, en este momento. Condúceme al último puesto, al mío, al que Él ha preparado para mí allá donde yo puedo ser verdaderamente yo mismo. Amén.

2. LECTURA

a) Para colocar el pasaje en su contexto:
Este pasaje nos coloca dentro de la sección del Evangelio de Mateo, que precede directamente a los relatos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esta sección comienza en 19,1, donde se dice que Jesús abandona definitivamente el territorio de la Galilea para ir a Judea, dando así comienzo a su camino de acercamiento a Jerusalén y se concluye en 25,46, con el cuadro sobre la venida y el juicio del Hijo de Dios. Más en particular, el capítulo 20 se coloca a lo largo del recorrido de Jesús hacia la ciudad santa y su templo, en un contexto de enseñanzas y de polémica con los sabios y potentes del tiempo, que Él realiza con parábolas y encuentros.
b) Para ayudar a la lectura del pasaje:
20,1ª: Con las primeras palabras de la parábola, que es una especie de introducción, Jesús quiere acompañarnos al interior del tema más profundo del que intenta hablar, quiere abrir ante nosotros las puertas del reino, que es Él mismo y se presenta como dueño de la viña que necesita ser trabajada.
20,1b-7: Estos versículos constituyen la primera parte de la parábola; en ella Jesús narra la iniciativa del dueño de la viña para reclutar sus trabajadores, describiendo sus cuatro salidas, en las cuáles se ajusta con los trabajadores estableciendo un contrato y la última salida, ya al final de la jornada.
20,8-15: Esta segunda parte comprende, por el contrario, la descripción de la paga a los trabajadores, con la protesta de los primeros y la respuesta del dueño.
20,16: Finalmente viene la sentencia definitiva, que revela la clave del pasaje y la aplicación: aquéllos que en la comunidad son considerados últimos, en la perspectiva del reino y del juicio de Dios , serán los primeros.
Mateo 20, 1-16c) El Texto:
Evangelio según San Mateo 20,1-16. :
20, 1a: 1 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario .....
20, 1b-7: ..... que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. 2 Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, 4 les dijo: `Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.' 5 Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. 6 Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: `¿Por qué estáis aquí todo el día parados?' 7 Dícenle: `Es que nadie nos ha contratado.' Díseles: `Id también vosotros a la viña.'
20, 8-15: 8 Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: `Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.' 9Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. 10 Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, 12 diciendo: `Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.' 13 Pero él contestó a uno de ellos: `Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? 14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?'.
20, 16: 16 Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»
Palabra del Señor

3. UN MOMENTO DE SILENCIO ORANTE

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.
   Continúa

4. ALGUNAS PREGUNTAS

para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) Este pasaje se abre con una partícula conectiva, “en efecto” que es muy importante, porque me remite al versículo que precede (Mt 19,30), donde Jesús afirma que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros” con las mismas palabras que repetirá al final de esta parábola. Palabras, por tanto, importantísimas, fundamentales, que quieren indicarme la dirección que hay que tomar. Jesús es el Reino de Dios, el reino de los cielos; Él es el mundo nuevo, al cuál estoy invitado a entrar. Pero el suyo es un mundo al revés, donde nuestra lógica de poder, ganancia, recompensa, habilidad, esfuerzo, no vale y se substituye por otra lógica, la de la gratuidad absoluta, del amor misericordioso y sobreabundante, Si yo creo ser el primero, ser fuerte y capaz; si ya me he colocado en el primer puesto en la mesa del Señor, es mejor que me levante ya y me vaya a ocupar el último puesto. Allí el Señor vendrá a buscarme, y llamándome, me levantará, me colocará en alto hacia Él.
b) Jesús se compara aquí a un dueño de casa, usando una figura particular, que aparece muchas veces en el evangelio. Intento seguirla, atento a las características que ella presenta y tratando de verificar cuál es mi relación con Él. El dueño de casa es el amo de la viña, que se cuida de ella, rodeándola con un muro, excavando un foso, cultivándola con amor y sudor (Mt 21,33ss), para que pueda dar sus mejores frutos. Es el dueño de casa que ofrece una gran cena, con muchos invitados, llamando a su mesa a los más abandonados, los cojos, los ciegos (Lc 14,21ss). Es el que vuelve de las bodas y al que debemos esperar vigilando, porque no sabemos ni el día ni la hora (Lc 12,36); es el dueño de casa que ha salido para un largo viaje, que ha mandado vigilar, para estar preparados para abrirle, en cuanto regrese y toque a la puerta a la tarde, a medianoche, al canto del gallo o de madrugada (Mc 13,35). Comprendo, pues, que el Señor está esperando de mí, el fruto bueno; que me ha elegido como invitado a su mesa; que volverá y vendrá a buscarme y llamará a mi puerta...¿Estoy preparado para responderle? ¿Para abrirle? ¿Para ofrecerle el fruto del amor que Él espera de mí? O por el contrario ¿estoy durmiendo, preocupado con otros miles intereses, esclavizado por otros dueños de casa, diversos y lejanos de Él?
c) El Señor Jesús, dueño de la casa y de la viña, sale repetidamente para llamarme y enviar: al alba, a las nueve, a mediodía, a las tres de la tarde, a las cinco, cuando ya la jornada está por finalizar. Él no se cansa; viene a buscarme, para ofrecerme su amor, su presencia, para estrechar un pacto conmigo. Él desea ofrecerme su viña, su belleza. Cuando nos encontremos, cuando Él fijándose en mí, me ame (Mc 10,21) ¿qué le responderé? ¿Me entristeceré porque tengo muchos bienes? (Lc 18,23) ¿Le pediré que me dé por excusado, porque yo ya tengo otros compromisos? (Lc 14,18) ¿Huiré corriendo desnudo, perdiendo lo poco de felicidad que me ha quedado para cubrirme? (Mc 14,52) O, más bien, le diré: “Sí, sí” y luego no iré (Mt 21,29). Siento que esta palabra me pone en situación difícil, me escruta hasta el fondo, me revela a mí mismo... quedo atónito, asustado por mi libertad, pero decido, delante del Señor que me habla, hacer como María y decir: “Señor, hágase en mí como tú has dicho” con humilde disponibilidad y abandono.
d) Ahora el evangelio me coloca de frente a mi relación con los otros, los hermanos y hermanas que comparten conmigo el camino del seguimiento a Jesús. Todos estamos llamados a estar con Él, a la tarde, después del trabajo de cada día: Él abre su tesoro de amor y comienza a distribuir, a repartir gracia, misericordia, compasión, amistad, todo Él mismo. Mateo hace notar en este punto, que alguno murmura contra el dueño de la viña, contra el Señor. Nace la indignación, porque Él trata a todos igualmente, con la misma intensidad de amor, con la misma sobreabundancia. Quizás está escrito también de mí estas líneas: el evangelio sabe poner un nudo a mi corazón, la parte más escondida de mi mismo. Quizás el Señor dirige precisamente a mí aquellas palabras cargadas de tristeza: “¿Acaso tú también eres envidioso?.” Me debo dejar interrogar, debo permitir que Él entre dentro de mí y me mire con sus ojos penetrantes, porque sólo si Él me mira, podré ser curado. Ahora rezo así: “Señor, te ruego, ven a mí, echa tu palabra en mi corazón y germine nueva vida, vida de amor”.

5. UNA CLAVE DE LECTURA

En la figura de la viña, aparentemente sencilla y cotidiana, la Escritura condensa una realidad, mucha más rica y profunda, siempre más densa de significado, a medida que los textos se acercan a la revelación plena en Jesús. En el primer libro de los Reyes, en el cap. 21, se narra el hecho violento que envuelve a Nabot, un simple súbdito del corrupto rey Acab, el cuál poseía una viña, plantada, para su desdicha, precisamente junto al palacio del rey. La narración nos hace comprender cuánto fuera importante la viña, una propiedad inviolable: por nada del mundo Nabot la hubiera cedido, como dijo: “¡Me guarde el Señor de cederte la heredad de mis padres!” (1 Re 21,3). Por amor a ella, él perdió la vida. Como se ve, la viña representa el bien más precioso, la heredad de la familia, por cierta parte, la identidad de la persona; no se la puede malvender, ceder a los otros, cambiarlo por otros bienes, que no consiguen igualarla. Ella esconde una fuerza vital, espiritual.
Isaías 5 dice claramente que bajo la figura de la viña se significa al pueblo de Israel, como está escrito: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel: los habitantes de Juda su plantación favorita” (Is 5,7). Este pueblo el Señor lo ha amado con amor infinito y eterno, sellado por una alianza inviolable; Él la cuida, igualmente como si lo hiciera un viñador con su viña, haciendo de todo para que ella pueda dar sus frutos más bellos. Israel somos cada uno de nosotros, toda la Iglesia: el Padre nos ha encontrado como tierra abandonada, reseca, devastada, rellena de piedras y nos ha cultivado, regado a cada instante; nos ha plantado como viña escogida, toda de cepas genuinas (Jer 2,21). ¿Qué más pudo hacer por nosotros, que no lo haya hecho? (Is 5,4) En su anonadamiento infinito Él mismo se ha hecho viña; se ha convertido en la verdadera vid (Jn 15,1ss), de la que nosotros somos los sarmientos: se ha unido a nosotros como la viña está unida a sus sarmientos. El Padre que es el viñador, continúa su obra de amor con nosotros, para que llevemos frutos y pacientemente espera; Él poda, cultiva, pero luego nos envía a trabajar a recoger los frutos para ofrecérselos. Somos enviados a su pueblo, a sus hijos: no nos podemos echar para atrás, porque estamos hechos para esto: para que vayamos y llevemos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Señor, vuélvete: mira desde el cielo y ve y visita tu viña (Salmo 79,15).
La promesa: un denario
El dueño de la viña establece como recompensa del trabajo de la jornada un denario; una buena suma, que permitía vivir desahogadamente. Más o menos corresponde al dracma pactado del viejo Tobías con el acompañante del hijo hacia la Media (Tb 5,15).
Pero en el relato evangélico este denario viene llamado enseguida con otro nombre por el dueño; dice de hecho: “os daré lo que es justo” (v.4). Nuestra herencia, nuestro salario es el justo, el bueno: el Señor Jesús. Él, en efecto, no da, no promete otra cosa que a sí mismo. Nuestra recompensa está en los cielos (Mt 5,12), junto a nuestro Padre (Mt 6,1). No es el denario que se utilizaba para pagar el tributo a los romanos, sobre el que estaba la imagen y la inscripción del rey Tiberio César (Mt 22,20), sino que es el rostro de Jesús, su nombre, su presencia. Él nos dice: “Yo estaré con vosotros no sólo hoy, sino todos los días hasta el fin del mundo; Yo mismo seré tu recompensa”.
El texto ofrece a nuestra vida una energía muy fuerte, que sale de los verbos “enviar”, mandar” y “andar” repetido dos veces; todos se refieren a nosotros, nos llaman, nos ponen en movimiento. Es el Señor Jesús el que envía, haciendo de nosotros apóstoles: “He aquí que yo os envío” (Mt 10,16). Cada día Él nos llama para su misión y repite sobre nosotros aquello de “¡Andad!” y nuestra felicidad precisamente está escondida aquí, en la realización de estas palabras suyas. Andar donde Él nos manda, en el modo que Él lo indica, hacia la realidad y las personas que Él nos pone delante.
La murmuración y el refunfuño
Palabras importantísimas, verdaderas y muy presentes en nuestra vida de cada día; no podemos negarlo: habitan en nuestro corazón, en nuestros pensamientos y a veces nos atormentan, nos desfiguran, nos cansan profundamente, nos alejan de nosotros mismos, de los otros, del Señor. Sí, en medio de aquellos trabajadores que se lamentan y refunfuñan, murmurando contra el dueño, también estamos nosotros. El rumor de la murmuración viene de muy lejos, pero de todos modos, consigue anidarse en el corazón. Israel en el desierto ha murmurado duramente contra el Señor y nosotros hemos recibido en herencia aquellos pensamientos y palabras: “El Señor nos odia, por esto nos ha hecho salir del país de Egipto para ponernos en manos del Amorreo y para destruirnos” (Dt 1,27) y dudamos de su capacidad de alimentarnos, de llevarnos hacia delante, de protegernos. “¿Quizás puede el Señor prepararnos una mesa en el desierto? (Salmo 77,19) Murmurar significa no escuchar la voz del Señor, no creer más en su amor por nosotros. Entonces nos escandalizamos, nos irritamos fuertemente contra el Señor misericordioso y nos indignamos contra su manera de obrar y queremos cambiarlo, recomponerlo según nuestros esquemas: ¡Se ha alojado en casa de un pecador! ¡Come y bebe con pecadores! (Lc 5,30; 15,2; 19, 7). Si escuchamos bien, éstas son las murmuraciones secretas de nuestro corazón. ¿Cómo curarlas? San Pedro sugiere este vía: “Practicad la hospitalidad los unos con los otros, sin murmurar” (1 Pet 4,9); sólo la hospitalidad, o sea, la acogida puede, poco a poco, cambiar nuestro corazón y hacerlo receptivo, capaz de llevar dentro de sí a las personas, situaciones, realidades que encontramos en nuestra vida. “Acogeos” dice la Escritura. Así es: debemos aprender a acoger ante todo a Jesús, como Él es, con su modo de amar, de permanecer, de hablarnos y cambiarnos, de esperarnos y atraernos. Acogerlo es acoger al que está al lado, al que nos viene al encuentro, sólo este movimiento puede romper la dureza de la murmuración.
La murmuración nace de la envidia, de nuestro ojo malo, como dice el dueño de la viña, el mismo Jesús. Él sabe mirarnos dentro, sabe penetrar nuestra mirada y llegar al corazón, al alma. Él sabe como somos, nos conoce, nos ama y por el amor por el que Él saca de nosotros todo mal, quita el velo de nuestro ojo malo, nos ayuda a tomar conciencia de cómo somos, de lo que vive dentro. En el momento en el que dice: “¿Acaso tu ojo es malo?”, como está haciendo hoy, en este evangelio, Él nos cura, toma el ungüento y lo unta, toma el fango hecho con su saliva y unge nuestros ojos hasta lo íntimo.
Señor, te ruego: haz que yo vea: Con ojos buenos, sin envidia, con la acogida, sin murmurar.

6. UN MOMENTO DE ORACIÓN: SALMO 136

Rit. ¡Infinito es tu amor por nosotros!
¡Aleluya!¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Dad gracias al Dios de los dioses,
porque es eterno su amor;
dad gracias al Señor de los señores,
porque es eterno su amor.
Al único que ha hecho maravillas,
porque es eterno su amor.
Al que hirió en sus primogénitos a Egipto,
porque es eterno su amor;
y sacó a Israel de entre ellos,
porque es eterno su amor;
con mano fuerte y tenso brazo,
porque es eterno su amor.
Al que partió en dos el mar de los Juncos,
porque es eterno su amor;
e hizo pasar por medio a Israel,
porque es eterno su amor;
y hundió en él al faraón con sus huestes,
porque es eterno su amor.
Al que guió a su pueblo en el desierto,
porque es eterno su amor.
Al que se acordó de nosotros humillados,
porque es eterno su amor;
y nos libró de nuestros adversarios,
porque es eterno su amor.
Al que da pan a todo viviente,
porque es eterno su amor.
¡Dad gracias al Dios de los cielos,
porque es eterno su amor!

7. ORACIÓN FINAL

Gracias, Señor, por haberme revelado tu Hijo, y haberme hecho entrar en su heredad, en su viña. Tú me has hecho sarmiento, me has hecho uva: sólo me queda permanecer, permanecer en ti y dejarme prender, como fruto bueno, maduro, para ser puesto en la prensa. Si, Señor, lo sé: éste es el camino. No tengo miedo porque tú estás conmigo. Yo sé que el único camino de la felicidad es el darme a ti. A los hermanos. Que yo sea sarmiento, que yo sea uva buena, para ser exprimida, como tú quieras. Amén.